Buscar este blog

lunes, 15 de abril de 2013

Paz, Educación y Medio Ambiente

 Les comparto mi columna del pasado fin de semana en el periódico El Pueblo. Mi intención era reflexionar sobre los que, por distintas razones, no fuimos a la marcha del 9 de abril. Pensar en cómo la "paz" debería dotarse de sentido desde la...s primeras aulas académicas, desde preescolar hasta las universitarias. ¿Qué tal haberme encontrado con mi hija en la misma marcha? ¿Que tal que esta marcha hubiera tenido la misma trascendecia que la marcha del silencio de Gaitán? y así hubiéramos conmemorado los 65 años de su asesinato. Pero no fué así. La marcha fué importante. Bien por los que marcharon. A los que no marchamos, creo que tenemos una reflexión pendiente. Saludos.
El martes 9 de abril de 2013, cuando conmemoramos 65 años del asesinato del líder carismático Jorge Eliécer Gaitán, se realizó en Colombia la llamada Marcha por la Paz. Desde tempranas horas de la mañana por distintas emisoras nacionales se hacía énfasis en que esta marcha no tenía dueño y que era muy bueno que así fuera. El Presidente Santos tenía una hora y un lugar de encuentro, el Alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, tenía otra hora, Piedad Córdoba y los Colombianos y Colombianas por la Paz, otra agenda; así mismo la Marcha Patriótica y otras tantas organizaciones sociales, populares, comunitarias y partidos políticos que se dieron cita especialmente en la capital de la República para darle un sí a la paz y apoyar los diálogos de La Habana, tan vilipendiados por la funesta alianza Uribe-Pastrana.
En otras ciudades distintas a la capital, la manifestación no fue tan masiva por distintas razones, entre ellas tenemos nuestra común y generalizada indiferencia, amiga íntima de la ignorancia, pero también hubo quienes argumentaron que si bien están a favor de la paz y de los diálogos en La Habana, no lo están con el modelo de desarrollo de Santos y mucho menos con que los diálogos sean usados con fines releccionistas. No obstante, frente a este escenario político divergente, vale la pena reflexionar sobre este pronunciamiento por la paz en Colombia.
En relación con lo anterior, quiero referirme específicamente a la responsabilidad que tienen las instituciones educativas, de todos los niveles, con la Paz en Colombia y brevemente abordar el asunto de cómo la paz y el sistema educativo se relacionan, o deberían relacionarse, con el cuidado y la protección del Medio ambiente. Así pues, creo que hablar hoy de Paz en Colombia, pasa también por transformar nuestro sistema educativo y por pensar en una nueva relación ecocéntrica y no androcéntrica con el ecosistema.
En conversaciones con distintas profesoras del magisterio, argumentan que la mayoría de los ciudadanos colombianos han pasado por las aulas de casi 400 mil maestros del Magisterio colombiano, y si a esto le sumamos los colegios privados, es claro que la mayoría del pueblo colombiano, a pesar de los índices de analfabetismo y deserción escolar, pasa por el sistema educativo colombiano. ¿Están las instituciones educativas comprometidas con la paz? ¿Qué significa estar comprometido con la paz? ¿Marcharon el 9 de abril?
La paz no es sólo la ausencia de la guerra. Claro está que contribuye a su fortalecimiento el silenciamiento de las armas. Pero la paz también está en la construcción de una nueva nación que reconozca la diversidad, que sea tolerante con la diferencia, que tenga un juicio crítico con su devenir histórico y que forme sujetos pensantes y no sólo operadores de funciones. A esa tarea pueden, y deben, contribuir las instituciones educativas encargadas de formar nuevas generaciones de colombianos. Desde las aulas de preescolar hasta las universitarias es mucho, bastante realmente, lo que se puede hacer para que los niños, niñas y jóvenes resuelvan sus problemas con formas distintas a la agresión física y construyamos así una nueva cultura de la convivencia.  -No son pocos los ejemplos de enfrentamientos en los patios de escuela usando los implementos de geometría como sucedáneos de armas corto-punzantes-.
Pero también para que integren los conocimientos y contenidos teóricos en nuevos estilos de vida donde se promueva no sólo el cuidado de sí mismos, sino el cuidado del Otro y del medio ambiente. Es decir, donde se respete tanto la vida humana, animal y vegetal al punto que cualquier agresión contra cualquier ser vivo tenga la reprobación del colectivo. Pensar hoy en una ética del cuidado pasa por pensar en una ética ambiental, una relación con el entorno donde el ser humano no es el centro, sino que hace parte de un conjunto. Así, paz, educación y medio ambiente se relacionan.
Ayer hubieran podido marchar las profesoras de preescolar con los párvulos. ¿Por qué no?, y también niños, niñas, adolescentes y jóvenes universitarios con sus profesores y directivos escolares. Hubiera sido posible, si se viniera construyendo un proyecto de nación desde las aulas donde la paz sea un concepto dotado de sentido y contenido desde la cotidianidad, desde la realidad social, desde las estructurales sociales de pensamiento. Hubiera podido ser si tuviéramos un sistema educativo integrado que eduque realmente para la convivencia amplia con la diversidad, no como tema anexo en el currículo de las materias afines, porque debería ser transversal a la formación. Hubiéramos podido marchar todos por la paz de Colombia si tuviéramos claro que la bandera de la paz no es propiedad de Santos, ni de Petro, ni de Piedad, ni del Polo, sino un bien público que se apropia y se promueve desde la primera infancia.
Pero no fue así, el 9 de abril en la mañana, a pesar del amplio despliegue propagandístico, la mayor parte del pueblo colombiano siguió en sus actividades rutinarias. Los niños, niñas y jóvenes –que estudian- fueron a clase, los no-desempleados fueron a sus trabajos, los jefes dieron órdenes, los empleados obedecieron, las amas de casa siguieron con sus labores, el transeúnte cruzó la vía sin percatarse que el asunto también era con él. Y así, cada cual siguió con su agenda del día. La Marcha por la Paz  hubiera podido ser el escenario del encuentro callejero con la diferencia, del reconocimiento de uno de nuestros mayores bienes públicos: el derecho a la palabra, a la manifestación, al pensamiento divergente, al diálogo. Al no marchar, finalmente qué intereses terminamos apoyando. ¿Los de quienes no quieren que los diálogos continúen? O ¿Los de quien quiere usarlos para continuar en el poder? Hubiéramos podido salir a marchar y decirles: ni para los unos ni para las otros, la paz es un bien público que el pueblo colombiano educado exige.

martes, 19 de marzo de 2013

Entre Caínes y Abeles

Por Germán Ayala Osorio, Hernando Uribe Castro y Elizabeth Gómez Etayo. Profesores de la Universidad Autónoma de Occidente.

¿Qué pretenden los canales privados de la televisión colombiana con las novelas y seriados que transmiten? Sin duda, canales privados y productores de noticias y de entretenimiento como CARACOL y RCN televisión, legitiman  un orden establecido a través de la producción y emisión de series como “El cartel de los sapos”, “Sin Tetas no hay Paraíso”, “Pablo Escobar, El Patrón del Mal”, “Corazones Blindados”, “Pandillas, guerra y paz”, y con la más reciente producción, Tres Caínes” (2013).

En nuestra sociedad, los medios de comunicación se han convertido en un agente más del proceso de socialización de la mayor parte de la población, así como también son los movilizadores de una gran masa de opinión pública y sobre todo, hoy más que nunca, son los especializados en la transmisión cultural. Esta realidad debería pesar en su responsabilidad con los contenidos, las ideologías y el sentido que transmiten, pues las palabras que producen los medios, de modo directo o indirecto, tienen importantes efectos sobre las creencias, puntos de vista y las formas simbólicas de percibir el mundo de millones de colombianos.

Desde hace varios años los colombianos estamos expuestos a un conjunto de producciones de los canales privados que reconstruyen una cierta versión del país y sobre las cuales debemos alertar. Programas que reproducen violencias simbólicas, descontextualizan los hechos históricos e imponen una falsa verdad bajo la excusa de contar la historia, o la ficción y que terminan polarizando de forma tendenciosa a la opinión pública.

Hoy en día es claro que los medios dominan la vida política e inciden en contextos científicos, culturales, artísticos, deportivos y hasta intelectuales, pues ellos tienen los instrumentos y los medios para seleccionar de estos campos lo que conviene y no conviene, lo que les representa ganancias o peligros, lo que une o lo que polariza. Es la televisión la que impone los temas y decide qué y quién es importante o no.

¿Realmente la televisión presenta lo que la gente quiere ver? Tal como argumentan los productores y libretistas, o será más bien que la gente termina aceptando y consumiendo lo que los canales de televisión proponen para ver. La televisión, mucho  más que las actuales redes sociales que circulan por internet, continúa siendo el medio masivo por excelencia. Tiene la capacidad de llegar hasta el último rincón de la geografía nacional y sobre todo, seduce a toda persona independiente de su edad, género, orientación sexual, etnia, credo religioso o político.

Teniendo en cuenta este contexto y como docentes universitarios interesados en formar una masa crítica, nos hemos dado a la tarea de que nuestros estudiantes reflexionen sobre cuáles son los alcances socioculturales y los fines político-económicos de algunos programas de la televisión colombiana. Los seriados mencionados en el primer párrafo son excelentes ejemplos para hacer un verdadero análisis de los efectos de la  televisión colombiana, y el actual seriado que tanta polémica está causando, Tres Caínes, es un excelente caso para ser analizado, dado que, por fortuna, existimos quienes aún no desenchufamos el cerebro cuando prendemos la televisión.

Como actores sociales, políticos y económicos de la sociedad civil es perfectamente legítimo que estos canales defiendan, valoren y propendan por el mantenimiento de unas condiciones contextuales, generadas por los sistemas político y económico que les benefician, en tanto hacen parte de la industria cultural y del entretenimiento. Canales de televisión, bancos, equipos deportivos, empresas y otras unidades de negocio hacen parte de emporios corporativos. Eso no está en discusión, pero lo que sí resulta cuestionable es su responsabilidad social y política en la contribución de una sociedad más democrática, máxime en momentos que pretende, de nuevo, acercarse a los caminos de la paz; así como su efectivo rol de generador de violencia simbólica, con la que millones de colombianos terminan identificándose, con monumentales vacíos históricos y pobres referentes éticos de las complejas realidades del país. De esta forma, termina diluyéndose la función social de estos dos canales.  

¿Por qué RCN habría de hacer eso? Sabemos que ningún producto comunicativo es ingenuo, como también, que el equipo de producción tiene amplia formación para dilucidar los efectos que tal o cual producto puede causar en el público televidente, de tal forma que lo que en apariencia puede no tener la intención de hacer apología a la violencia, al narcotráfico, a la guerra y en general, a promover valores antidemocráticos, termina azuzando la polarización de la opinión pública en un contexto de bajísima cultura política como el que tenemos en Colombia.

En este sentido, los seriados en mención, especialmente los Tres Caínes, terminan siendo una apología a la violencia,  exhibida de la forma más cruda y cruel, si pensamos en las miles de víctimas que consumen este programa. ¿Pensarían los productores de estos programas en los casi cuatro millones de desplazados que asisten a sus seriados? ¿Qué estarán pensando los padres y madres de familia de los actuales estudiantes de sociología y antropología, cuando en el seriado más exitoso de la televisión colombiana se dice que tales carreras son nidos de guerrilleros?

Estas series televisivas se construyen bajo dicotomías moralizantes culturalmente aceptadas, que azuzan la polarización nacional entre los buenos y los malos, las víctimas y los bandidos, lo correcto y lo incorrecto, lo legal y lo ilegal, entre otras, pero en contextos donde la venganza termina ocupando el lugar de la justicia, perdiendo, ésta última, su sentido y lugar social. Dichas dicotomías, puestas fuera de contexto histórico y político, contribuyen a la siembra de pérfidos valores sociales en una sociedad como la nuestra con una baja cultura política.

A lo anterior se suma que tenemos un sistema educativo precario e insuficiente que no está formando sujetos pensantes, sino ejecutores de funciones y al final, las masas terminan consumiendo aquellos productos de CARACOL y RCN como dogmas de fe y lo que es peor, aceptando como referentes éticos y morales las acciones y actuaciones de sicarios, paramilitares, militares y mafiosos, que confluyen en el inconveniente imaginario del violento, el agresor, el poderoso, el que viola las normas, el que ejecuta justicia por cuenta propia, el Gran Macho. El que viola, el que mata, el que pisotea, el que abusa, el que hace justicia por cuenta propia, dejando en el ambiente una total confusión entre justicia y venganza. En un país con un 97% de impunidad como el nuestro, este tipo de programas orientan a la gente para que resuelva pleitos, que son de resorte estatal, por cuenta propia. Es decir, promueve principios propios de un para-estatismo y mañana, nuevos grupos de justicia privada.

Vamos directamente a algunas  escenas  del seriado “Los tres Caínes” donde uno de los hermanos Castaño le dice al otro: hay que acabar con todo lo que sea de izquierda.  ¿Cómo recibirá esa sentencia las audiencias, el público televidente? ¿La compartirá? ¿La dilucidará? Mucho nos tememos que no, sobre todo cuando estos mensajes llegan a jóvenes carentes de información histórica y de contexto, y que no son capaces de diferenciar entre los hechos del pasado y los del presente.

No existe en la cultura política colombiana factores que promuevan el discernimiento. Lo más seguro es que los públicos televidentes asuman dicha sentencia de manera literal, textual, como un imperativo moral para alcanzar la paz y la convivencia. Y ¿Qué significa ser de izquierda en Colombia? Distinta sería la realidad si estuviéramos en Europa o Norteamérica, pero en el país del ‘Sagrado Corazón’ no ha podido florecer con éxito una izquierda importante que no sea armada. Aquí todavía es rarísimo hablar de que existe, como en el llamado primer mundo, una izquierda democrática. Por lo pronto, en Colombia, izquierda, sindicalismo y crítica al orden social establecido, son sinónimo de terrorismo, guerrilla y odio hacia la Patria. Todo lo contrario de lo que es.

Así, las frases del Clan Castaño estigmatizan a quien piense diferente al orden social establecido. Pues aquí se ha negado la disidencia y decir, como lo hacen Los Caínes-Castaño en otra escena, que se debe acabar con todos los que piensan es sugerir que pensar es peligroso,  dejando a los pensadores en una especie de lista de muerte, como si tuvieran que cuidarse de una especie de ‘cruzada ideológica’  con la anuencia de una sociedad intolerante, excluyente, violenta y un Estado débil y precario.

Da la sensación de que vivimos en los tiempos de la Inquisición.  Y hasta ahora, nada se ha dicho en los Tres Caínes sobre la otra cara de la moneda, esto es, sobre el discurso intolerante de la derecha y de la ultraderecha, cuyos intereses defendieron los hermanos Castaño. Gustavo Bolívar nos pide que dejemos avanzar el seriado. Mientras eso pasa, seguiremos discutiendo alrededor del por qué no se inició con la presentación de las víctimas ¡Por las víctimas! ¿Por qué, una vez más, nos toca ver a los victimarios? Como si no fuera suficiente con verlos en los noticieros.

Por ahora, debemos decir que el seriado empezó mal, destacando a los victimarios y no a las víctimas. Si la intención hubiera sido la de contribuir a la comprensión de la guerra en Colombia, las ciudades colombianas están llenas, a más no poder, de seres anónimos que la guerra, los paramilitares, la guerrilla y el propio Estado, sacaron de sus tierras. Y ellos están esperando su oportunidad de oro para hablar, para ser escuchados y sobretodo, para ser reconocidos. Insistimos, ¿Qué sentirán esas víctimas viendo de nuevo la cara de sus verdugos? Bolívar, en lugar de deconstruir la historia de los victimarios, representada en Caín, ¿por qué no hiciste una historia de los abeles? ¡De las víctimas!

Así entonces, nos ratificamos en que la frase hay que acabar con todo lo que sea de izquierda, puede ser recibida por las audiencias como un valor político en tanto quienes matan guerrilleros y gente de izquierda, estarían ayudando a construir un mejor país, una mejor democracia: “los héroes existen”. ¡Qué confusión! Mensaje que, sin duda alguna, puede permear a la población joven que con pocos elementos analíticos, históricos y reflexivos, entregados por una Escuela en crisis y familias disonantes, reciben el influjo de una industria del entretenimiento que no sólo busca ganancias, sino mantener unas condiciones contextuales ilegítimas, pero perfectamente racionales y convenientes desde la perspectiva de quienes ostentan el poder político. ¿Dónde está el Estado y  la Comisión Nacional de Televisión?

lunes, 18 de marzo de 2013

Masculinidades, Feminidades y Violencias de género

Ponencia presentada en el Foro de Violencia contra las mujeres organizado por el Centro de Estudios de Género, Mujer y Sociedad, y el Doctorado en Humanidades ambos de la Universidad del Valle y la Personería Municipal de Cali.
Por Elizabeth Gómez Etayo, Socióloga de la Cultura
 Cali, 12 de marzo de 2013

1.    Introducción: Perspectiva culturalista y transformación cultural

Desde hace dos años he adoptado el apelativo de socióloga de la cultura, por considerar que ahí, en la sociología y en la cultura, se centran mis intereses académicos, investigativos y políticos. Asunto proscrito en las escuelas weberianas, donde la ciencia social y la política ocupan campos claramente diferentes.  Para mí está claro que los límites cada vez son más porosos y, apelando al sociólogo portugués Boaventura de Souza Santos, aludo a la proximidad crítica y no sólo a la distancia crítica que desde las distintas ciencias sociales tenemos con el mundo social que interpretamos, y en el cual también vivimos. Existe también en mi postura, una evocación marxista al considerar que el mundo social no sólo está ahí para ser interpretado por nosotras, sino para transformarlo.

En ese contexto de interpretación, partí de la sociología hacia los estudios de género, siguiendo el hilo conductor de la violencia, tan abordada en Colombia en el ámbito político, pero mucho menos en el privado. Me interesa contribuir a dotar de sentidos eso que consideramos el mundo cultural, para sacarlo del vano lugar de cliché en el que ha caído y rescatar su verdadero sentido de construcción cotidiana, es decir, hombres y mujeres hacemos cultura todos los días, por tanto, es posible transformar el estado de cosas que tenemos.  Ciertas prácticas de violencia simbólica y física de los Estados, de algunos individuos, de los medios masivos, de la publicidad -en especial-, frente a lo femenino, hacen pensar que la  cultura es un asunto atávico, una especie de eterna enfermedad que debemos padecer y a la que estamos inexorablemente condenadas, cuando justamente la cultura, es todo lo contrario, es nuestra posibilidad emancipadora.

Por otro lado, desde que empecé a estudiar los temas de violencia, la primera característica que hasta hoy me llama poderosamente la atención es que no podemos abordar el asunto desde un solo lugar, por eso los títulos de mis trabajos siempre hacen referencia a varias situaciones que componen un problema social. De esta forma, mi monografía de sociología sobre violencia juvenil, tema al que he regresado, lleva por nombre “Socialización, conflicto y violencia juvenil”, con el ánimo de caracterizar situaciones y contextos que preceden la violencia. En el caso de la Maestría en Sociología mi investigación lleva por título “Entre amores y moretones”, para abordar la violencia contra mujeres en el ámbito familiar, dando a entender que tal violencia no sólo deja moretones, golpes, fisuras, fracturas, bofetadas, lesiones y hasta la muerte, sino que ha estado precedida por el amor, por un cierto amor, distinto del eros y de la pulsión de vida; seguramente un amor enfermo, como ha sido juzgado por muchos, pero en todo caso un amor que nos han enseñado en la escuela, en la familia y, finalmente, el que va de la mano de la cultura, aspecto que considero debe ser revisado en la perspectiva culturalista que me interesa discutir.

Para el doctorado, investigué la llamada violencia contra las mujeres en la perspectiva de los hombres agresores, encontrando que no existe solamente el monstruo estereotipado, tal como fue publicitado en el caso del horroroso feminicidio de Rosa Elvira Cely, el año pasado en el Parque Nacional en Bogotá, sino que existen hombres comunes y corrientes, criados por unas ciertas mujeres bajo el manto opresor, sin duda, de una cierta cultura, y que por tanto, ellos no eran ni ángeles ni demonios, sino hombres comunes y corrientes, y consideré importante conocer sus historias y sus puntos de vista sobre la violencia hacia las mujeres, pero también sobre sus procesos de hacerse hombres, sobre su masculinidad, . De esta forma, fue durante mi doctorado en Brasil donde entró en tensión el concepto de “violencia contra las mujeres”, para pensar en “relaciones de violencia entre los géneros”, tal como fue propuesto por la antropóloga brasilera María Filomena Gregori en su libro “Escenas y quejas: un estudio sobre mujeres, relaciones violentas y la práctica feminista” (1998).

Considero que esta perspectiva relacional ofrece una traza diferente para pensar el problema de las violencias hacia las mujeres, pues las mujeres también construyen relaciones de pareja que se vuelven violentas, es decir, la violencia en la pareja no aparece de repente  y en esa historia de construcción de la relación de pareja, aupada por la cultura, las mujeres juegan un papel. ¿Cuál es ese papel? Creo que ahondando al respecto, encontraremos claves para transformar la violencia de género.
Sería  interesante pensar cuál es la base simbólica y cultural sobre la que se estructuran este tipo de mujeres y este tipo de hombres. ¿Cómo se siguen criando nuestras niñas y niños? Creo que ahí es donde estarían las mayores y mejores posibilidades de comprender y, de ser posible, transformar, lidiar, paliar o menguar esta situación, que cada vez más llega a estados lamentables. Es en el largo camino de la cultura donde encontraremos cambios, eso implica que también le corresponde a las mujeres transformarse, no sólo a los hombres. Insisto y reconozco que es muy largo, pero si no apelamos a procesos diferentes de hacernos hombres y mujeres, no esperemos resultados distintos de lo que hemos tenido y seguimos teniendo hasta ahora.
También considero que estas reflexiones sobre violencia contra las mujeres, violencia de género, relaciones de violencia entre los géneros o como le queramos llamar, se dan, como la mayoría de las reflexiones académicas, sólo o más especialmente entre nosotras las académicas y activistas, y todavía tenemos la tarea pendiente de llegar a un público más amplio, lejano y distante de nuestros círculos y, por otro lado, tenemos pendiente incidir más decididamente en estructuras sociales complejas como medios de comunicación masivos y en el sistema educativo en general.

 2. Base simbólica de las relaciones violentas

Bien es sabido que los medios masivos de comunicación, especialmente la televisión, que ni siquiera las redes sociales consiguen alcanzar en su poder de influencia social, borra de un tajo lo que mínimamente pueda ser sugerido por la academia. Es decir, mientras nosotras pensamos en esta situación de la violencia contra las mujeres, la televisión sigue promoviendo aquí y en el mundo entero, un modelo de varón agresivo, todopoderoso, amo y señor del mundo, que consume y usa a discreción lo femenino y el cuerpo de la mujer; valga recordar novelas como “Pasión de gavilanes” “La usurpadora”, “La hipocondriaca” o seriados como “El cartel de los sapos”, “Pablo el patrón del mal” y ahora “Los tres caínes”, que promueven, de forma sutiles y a veces vulgarmente directas, modelos de sociedad y especialmente de virilidad, contrario a lo que se esperaría en una sociedad democrática.
 Encontramos en estos y otros productos comunicativos masivos, un modelo de varón violento, que, por otro lado no tiene contrapeso en un sistema educativo en decadencia, que no responde a la realidad de los niños, niñas y jóvenes, que no se corresponde con la vida que vive la población escolar por fuera del salón de clases y que hace mucho tiempo dejó de ser estrategia de movilidad social, tal como se promovía en décadas anteriores. Es decir, hoy no se les puede decir a los y las jóvenes que por estudiar tendrán mejores condiciones de vida. Casos como los del mundo de narcotráfico, pero también del deporte de alto rendimiento[1] y de la prostitución de alta gama, desdicen de la educación como escalera de ascenso social.
De acuerdo con este panorama de la cuestión, considero pues, que la construcción sociocultural de las mujeres y de los hombres en Colombia es la base simbólica para que exista violencia de género. Sin duda es un lugar muy común al que nos hemos acostumbrado y ya lo ha dicho en mejores términos la antropóloga inglesa Henrietta Moore, cuando nos plantea que la violencia es marcada por el género[2]. De esta forma, para tratar de hacer un planteamiento un poco diferente y profundizar en el asunto, me permito presentar las interfaces o conexiones que se han venido presentando a lo largo de mi proceso investigativo en este tema.
 El principal planteamiento que hice en la investigación sobre violencia física contra mujeres en el ámbito intrafamiliar, luego de presentar que la violencia con las mujeres es múltiple, y que difícilmente se encuentra una sin la otra, es decir, es física, sexual, simbólica, síquica y económica, fue el de que, una característica particular de la violencia contra las mujeres es que se da especialmente y en razón de su género, es decir, por el hecho de ser mujeres. A los hombres, por el contrario los agreden y matan por otras circunstancias y en otros contextos, por atributos de clase, etnia, nacionalidad, vinculación con tráfico de armas y drogas, situaciones de riesgos quizás propias del ser hombre, pero no por ser hombre. En contraste nacer mujer es, de entrada, un factor de riesgo para ser vulnerada, agredida, humillada, violada y asesinada. Reitero, que este fue el primer planteamiento que hice cuando empecé a investigar el tema. Varios años después reflexiono críticamente sobre mi planteamiento y creo que le faltaba ubicar en contexto qué significa nacer mujer o, en gracia de la discusión y recurriendo a Simone de Beauvoir, qué significa hacerse mujer en nuestra sociedad.
Más adelante, cuando empiezo el Doctorado en Ciencias Sociales y tengo la posibilidad de profundizar en los estudios de género, pero también de dialogar con la antropología y con una parte del psicoanálisis para estudiar a los hombres agresores, mis observaciones y análisis se orientan más hacia los contextos y situaciones que hacia los sujetos, es decir, no todos los hombres agreden y no todas las mujeres son agredidas, ni agredibles siempre y en todo lugar, distinto al planteamiento inicial, es decir, no por nacer mujer se tienen riesgos, sino por  hacerse mujer en ciertos contextos y en cierta cultura.
 Creo que hacerse mujeres en Colombia propicia, facilita e incluso promueve que la violencia sea ejercida contra ellas.  Creo que las mujeres en Colombia tenemos que aprender a leer con mayor profundidad y precisión los distintos contextos de riesgo para garantizar el bienestar y la integridad personal. Sé que este aspecto genera bastante polémica. Trataré de argumentarlo. Así como varios expertos en el tema de violencia política han argumentado que acabar con la guerra en Colombia habría sido muy fácil si se hubieran atendido las demandas sociales de la población más pobre, más apartada, más vulnerable, más marginal, de forma que las desigualdades sociales no sean combustible para la guerra, así mismo creo que a los violentos hay que dejarlos sin piso en todos los aspectos, especialmente en la vida privada e íntima.

  1. Proceso civilizatorio y cambio cultural

Dicho de otra forma, el proceso civilizatorio que hemos alcanzado va todavía por ese camino: aquí algunos hombres agreden a algunas mujeres, pero no es a todas, hay que identificar pues, cuáles son esos aspectos que harían agredible a una mujer, quizás la marcada sumisión, pero sobre todo la concepción de que la mujer es objeto y no sujeto, es decir, la mujer puede ser usada, ella no es autónoma, la mujer puede ser violentada, maltratada, humillada, atacada y hasta asesinada porque no tiene el mismo estatus social de aquel que la agrede, pero lo peor de esta situación es que las propias mujeres han sido educadas en el mismo registro simbólico de esos que las agreden, es decir, agresores y agredidas comparten un universo cultural, y ellas aceptan tal situación o no se atreven a controvertirla porque no se sienten con argumentos o fuerza para ello.
 Como lo planteó Miguel Lorente en su libro “Mi marido me pega lo normal”, muchas mujeres creen que cierto nivel de violencia es aceptable en sus relaciones de pareja, ignorando que esos pequeños insultos se van transformando en lesiones y quizás llegan hasta la muerte. ¿No lo sabían? ¿Qué hace falta para que una mujer advierta una situación de riesgo y no corra peligro? Mientras los violentos aprenden a no ser violentos, las violentables tienen que aprender a no permitir contra ellas la violencia, a huir a tiempo de los sitios de riesgo, a no exponerse, a no retar cuando no tiene toda la fuerza para hacerlo. A cuidarse.
 Nuestra sociedad no reconoce la otredad, no reconoce la diferencia. Insisto, ahí vamos en nuestro proceso de civilización  y mientras esto sea así, mientras los violentos aprenden a no ser violentos, entonces tenemos que darles herramientas a las posibles víctimas para que identifiquen tales situaciones de riesgo. En una consigna del movimiento de mujeres mexicanas, rezaba: ¿qué sociedad es esta que invita a las mujeres a protegerse en vez de invitar a los hombres a no agredir?, algo así, en un principio estuve totalmente de acuerdo con esta consigna, ahora lo estoy parcialmente, es decir, creo que son las dos cosas, tanto a los agresores hay que educarlos para que no agredan, como a las mujeres hay que educarlas para no ser agredidas. Ejemplo: si una mujer vive en un pueblo sitiado por distintos grupos armados de x o y tendencia ideológica y que por razones que escapan a nuestras posibilidades de transformación inmediata, imponen unas reglas de juego en la vida diaria, tal estado de cosas no se cambia desafiándolo, retándolo, probándolo, y mientras esa situación no se transforme, las mujeres no pueden ignorar el peligro inminente[3].
 Los juegos infantiles, ahora reforzados por los videos juegos, siguen promoviendo un modelo de varón agresor, agresivo, violento, resentido, que tiene que demostrar permanentemente su virilidad, fuerza, coraje, valentía, características que fácilmente se transforman en distintas formas de violencia. Todos los dispositivos comunicacionales y publicitarios empujan hacia ese camino. Por supuesto que hay hombres diferentes, por supuesto que no todos los hombres agreden, pero esos que si lo hacen son hombres comunes y corrientes, así los ha educado esta cultura, juegan a hacerse hombres a través de la fuerza y la ostentación, y las niñas juegan a hacerse mujeres a través de sus encantos y trucos de seducción. Esa, considero es la base simbólica que debemos transformar desde la cultura, para que no alimente las relaciones de violencia entre los géneros donde generalmente las mujeres, o todo aquello que represente el género femenino, son agredidas.

Al cambiar estos modelos de masculinidad y feminidad, se transformarán también las relaciones de violencia entre los géneros y en consecuencia las distintas violencias basadas en género. Situaciones que se soportan no solamente por bienestar material sino por el estatus que da en nuestra sociedad ser una mujer casada o estar comprometida o estar con un hombre, en todo caso, no soltera. Distinto es cuando dos seres humanos se juntan, se encuentran, se dan cita para compartir la vida o un tramo de ella, como dos sujetos libres, autónomos, dotados de sentidos y en igualdad de condiciones, que toman decisiones y son adultos, en el sentido pleno de la mayoría de edad, es decir mental y/o psíquico, lo que vemos es que todavía la mujer en Colombia ha sido educada para completarse totalmente al tener un hombre al lado y esto hace que las relaciones de pareja que establezcan tengan como imperativo implícito: mantener la relación de pareja a como dé lugar. Tenemos una cultura que educa a las mujeres para ser buenas amas de casa, buenas esposas y buenas madres, y ahora, además buenas profesionales para que articulen con maestría sus distintas labores.


  1. La propuesta
 Necesitamos con urgencia construir un nuevo modelo cultural de feminidad, que no necesita copiar viejos y desgastados esquemas masculinos, porque no se trata ponerle ropa nueva a viejos vicios, sino construir otro tipo de sujetos y de relaciones. Y también un nuevo modelo cultural de masculinidad que, sobretodo, reconozca la otredad y la feminidad. Esa masculinidad proactiva y viril, quizás ya no sea el estereotipo de protección y proveeduría, pero sí de supremacía sobre las mujeres y al ver que distintos lugares antes ocupados por ellos, son ahora ocupados por mujeres, los hombres van quedando en un no-lugar, en un vacío de poder y esas ausencias pueden estar generando nuevas formas de violencia. Es un contrasentido permanente. Por un lado la sociedad exige y la cultura promueve que el hombre sea agresivo y que siga demostrando virilidad y cuando lo hace, al extremo y llega a ser violento es juzgado por sus actuaciones. Una contradicción permanente y vedada. Es decir, todavía hoy nuestra cultura y nuestra sociedad educa a los niños y jóvenes para que sean violentos, distintas investigaciones sobre socialización masculina en América Latina dan cuenta de ello, sin embargo cuando crecen y se de hombres se corresponden con ese modelo violento de ser hombres, entonces aparece todo el dispositivo de justicia a decirle eso es delito.
 Requerimos pues, construir nuevos modelos de masculinidad  que no se centren en la fuerza física, en la virilidad y en la demostración u ostentación de nada, necesitamos nuevos hombres, pero, para esos nuevos hombres, también es necesario que existan nuevas mujeres. Quizás la violencia de género, como las distintas formas de violencia, sean connaturales a las relaciones  sociales, pero el actual estado de cosas podría transformarse en una vida menos dolorosa si adoptamos nuevos modelos de feminidad y de masculinidad y creo que las mujeres ahí tenemos grandes posibilidades de incidencia, ya que esta cultura nos ha depositado la responsabilidad principal de criar, entonces, criemos de una manera diferente. 


[1] No quiero, por supuesto, demeritar el deporte, especialmente el fútbol, pero si llamo la atención sobre el hecho de que un futbolista como Messi, se gane la cifra de casi 3 millones de euros al mes.
[2] Engendered.
[3] En Colombia existen pueblos donde los paramilitares y la guerrilla han impuesto un horroroso código moral, que implica, por ejemplo, el hecho de que las mujeres no pueden transitar después de ciertas horas de la noche, so pena de ser violadas o no pueden usar minifaldas so pena de ser marcadas en sus piernas.

jueves, 7 de marzo de 2013

Día de la Mujer en Colombia: entre flores y dolores

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, se conmemora desde 1.977 cuando la Organización para las Naciones Unidas lo proclamó como una fecha para exaltar los derechos de las mujeres, en memoria de cientos de obreras que perdieron su vida luchando por derechos laborales a principios del Siglo XX.  El sentido de esta fecha se transforma por acción del mercado y de la publicidad, perdiendo su origen histórico, social y político, para ser reducida a un día para la entrega de regalos, chocolates y flores, que los hombres ofrecen para adular y coquetear; estímulos y presentes que las mujeres reciben sin reflexionar. Sin duda, esta es una fecha propicia para discutir sobre la situación de miles de mujeres colombianas, cuyas flores, cuando las hay, sólo son recibidas en la última morada.
Decía el historiador inglés Eric Hobsbawm, que las mujeres han librado una verdadera revolución cultural a lo largo del corto siglo XX y que esa revolución de las mujeres es silenciosa; no ha necesitado apretar gatillos para sacudir rígidas estructuras sociales, sino que se teje poco a poco en la cotidianidad y en la intimidad. Pasar de tener 10 o más hijos, a tener 3, 2, 1 o ninguno, es decir, ejercer derecho sobre el cuerpo, el sexo y la reproducción, ha traído, sin duda, cambios estructurales y culturales en las sociedades contemporáneas. No obstante, el camino que las mujeres deben recorrer para lograr su plena libertad y autonomía, en tanto sujetos de derechos, todavía está lleno de obstáculos y, quizás, el mayor de ellos, sea justamente la invisibilización de la mujer como un sujeto en igualdad de condiciones que los hombres en la vida social y política; desconocimiento que se manifiesta en formas escueta de agresión como el abuso sexual, hasta llegar al asesinato, hoy en día reconocido como feminicidio.
Tales crímenes contra las mujeres han sido usados como ardides de las distintas guerras que han conformado la historia de la humanidad. A diferencia de los hombres, las agresiones infringidas contra las mujeres laceran, sobretodo, su condición femenina. En Colombia no hemos sido extraños a tan macabra realidad.  En el documento “Las mujeres y la reparación colectiva en Colombia”, elaborado al interior de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, CNRR, (2012) se da cuenta ampliamente de todos los crímenes de guerra cometidos contras mujeres por parte de distintos actores del conflicto armado colombiano en el periodo 2000 y 2005. Se destaca la importancia y necesidad de tales estudio, no obstante, ellos, por supuesto, no evitan que las mujeres sigan siendo brutalmente agredidas tanto en sus casas, como en contextos públicos y políticos.

Valga mencionar el caso de la periodista Jineth Bedoya, quien fue sometida a secuestro, tortura y violencia sexual por parte del bloque Centauros de las AUC en el año 2000, cuando cubría una investigación sobre paramilitarismo en Colombia, tales delitos contra su persona fueron reconocidos por la Fiscalía General de la Nación en el año 2012 como delitos de lesa humanidad, sentado un necesario precedente en Colombia respecto de este tipo de delitos, sin embargo, esto fue logrado porque la propia Jineth y su grupo de abogados estuvieron detrás del asunto hasta llevarlo a las últimas instancias tratando de obtener un poco de justicia.
Contrario fue el caso y el destino final de la defensora de Derechos Humanos Angelica Bello, quien murió en extrañas circunstancias el pasado 16 de febrero, luego de ser desplazada en el año 2008, posteriormente perseguida, acosada, violada, hostigada durante casi cinco años hasta llevarla a su encrucijada final. En este caso, como en casi todos, las exiguas acciones de un Estado incompetente no consiguieron preservar la vida de Angélica, así como no consigue garantizar las condiciones de una vida digna, una vida que merezca ser vivida para cientos de mujeres pobres, desplazadas, acosadas, ultrajadas y finalmente asesinadas, que desfilan por las estadísticas oficiales como un dato más.
Por eso y por tantos casos más de mujeres anónimas en los principales polos urbanos del país, como en sus abandonados rincones rurales, y por las luchadoras sociales en el Norte del Valle, en la zona de Urabá, en Barrancabermeja, las maestras, las obreras, las desplazadas, las madres jóvenes, las abuelas solitarias y tantas otras más, una Día de la Mujer no es un día de fiesta ni celebraciones. Es un día de conmemoración y de reconocimiento sobre el lugar de la mujer en nuestra sociedad para que algún día, ojalá, nuestras hijas y nietas puedan celebrar la vida que se puede gestar en el vientre femenino y otro día no sea necesario destinar un día para las mujeres, pues ellas habrán alcanzado el estatus pleno de seres humanos en condiciones de libertad y equidad.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Un puro centro, no puede ser democrático

De las cosas que más me preocupan de la política colombiana es la cultura política, o  mejor, la falta de cultura política que exhibe la mayoría del pueblo colombiano. No voy a responsabilizar, por supuesto, al propio pueblo de esta falta de cultura política, ya sabemos que el propio Estado, los diversos gobiernos y especialmente los medios de comunicación corporativos, han desarrollado una estrategia simbólica y mediática para confundir políticamente al grueso de la población. De esta forma, las masas no diferencian claramente cuáles son los proyectos políticos que los distintos caudillos encarnan. Otros eran los tiempos de Gaitán donde para todos era claro su apuesta liberal. Por eso, quiero aprovechar mis columnas de opinión para reflexionar, en estas nuevas contiendas electorales que se aproximan, sobre qué representan los distintos grupos políticos que se erigen, de forma que pueda contribuir con mis reflexiones a que la comunidad lectora tenga otros polos de información y reflexión.
Para empezar, es importante que la sociedad en su conjunto reflexione sobre el sentido de la pureza, del centralismo y de la democracia.  Calificar de puro un proyecto político remite a pensar que éste no admite mezclas, disidencias, divergencias ni contradicciones. La antropóloga Mary Douglas en su magistral libro “Pureza y peligro”, presenta un amplio panorama sobre los enormes riesgos para la convivencia social cuando se erige la pureza como un valor.  Un cambio fundamental en la mentalidad colombiana tuvo sus orígenes en la Constitución del 91 cuando se reconoció a Colombia como una nación pluriétnica y multicultural, es decir, nada más ajeno a la realidad humana en Colombia  que creer y promover esta falsa creencia, de que existe algo puro en nuestro territorio. Varios antropólogos e historiadores han reforzado la idea de que después de más de 500 años de encuentro entre tres mundos: el español, el africano y el indígena, no es posible hablar de ningún tipo de pureza étnica o cultural, pues la mezcla ha sido la característica más marcada en la cultura latinoamericana, de esta forma, sobre todo somos culturas híbridas.
Por otro lado, denominar con el sustantivo de centro un proyecto político, claramente remite a ideas de centralismo o centralidad, es decir, al desconocimiento de la periferia, justamente donde se ubica la mayor parte de la población, no sólo colombiana, sino del mundo; donde cada vez más se evidencia que más del 70% de las población está por fuera de los circuitos de poder, de mercado y de comercio. De esta forma, las tendencias políticas modernas mundiales, reconocen la importancia de la descentralización, promesa política un poco incumplida en Colombia, que se anunció desde el año 1.986 con la Elección Popular de Alcaldes y abrió la puerta hacia la descentralización político-administrativa, formalizada posteriormente en la Constitución Política del 91. En ese entonces, se reconocía el perjuicio que el centralismo político le había causado al desarrollo de la nación colombiana. Pretender pues, que un proyecto político sea de centro, es un retroceso en las nuevas formas de hacer política; sus promotores pueden propender por ello, pero la sociedad está en el derecho de conocer cuáles los riesgos de este centralismo.
Es por esto, que un puro centro no puede ser democrático. Nada más contradictorio en sus términos se ha planteado en Colombia como proyecto político. Es perentorio que la ciudadanía en general reconozca en este proyecto político una clara negación de la democracia, de la diversidad, de la pluralidad, de la diferencia; justamente los valores que toda sociedad moderna, y en camino hacia un verdadero desarrollo social y humano, necesita. Un proyecto de este tipo encarna un perfil autoritario y antidemocrático que sólo piensa en intereses particulares y no en el bien común.
Para las elecciones presidenciales del 2014 Colombia necesita construir un proyecto político amplio, incluyente, pluralista y verdaderamente democrático, que promueva la libertad política, la inclusión social y la diversidad cultural; claramente, ese proyecto no se corresponde con un puro centro, falsamente democrático, más parece un puro cuento antidemocrático.   

viernes, 18 de enero de 2013

CONTRADICCIONES FRENTE AL CAMBIO CLIMÁTICO

El Estado y la Sociedad colombiana aún no articulan que los períodos inusitados de lluvias prolongadas, llamados “ola invernal” y los acuciantes períodos de sequía como el experimentado finalizando el año pasado y comenzando este, obedecen al cambio climático  global y a la crisis ambiental generalizada que se afronta hoy en todo el mundo. De forma que se actúa  sin dimensionar tal articulación. Las consecuencias del cambio climático en Colombia, manifestadas en repetitivos e intermitentes periodos de inundaciones y sequías, y en consecuencia, pérdidas de vida humana, animal y de diversos recursos, como también daño en la infraestructura vial e inmobiliaria, rural y urbana, son empeorados por los pretendidos macro-proyectos mineros e hidroeléctricos que se construyen de espaldas a esta acuciante realidad socio-ambiental del país, y todo ello todavía no ha generado la suficiente movilización social, por miedo, impotencia o  incomprensión.
El miedo se percibe en que hay denuncias y demandas permanentes tanto por parte de los gremios agroindustriales, como por campesinos y moradores urbanos, pero pocas movilizaciones y acciones colectivas que busquen un cambio o que le exijan al gobierno una política ambiental. Estas denuncias y demandas indican que el cambio climático está generando, no sólo en Colombia, sino en el mundo, una crisis humanitaria que tiene incidencia en varios aspectos de la vida cotidiana. Por un lado, la pérdida de diversos cultivos incrementa el valor de los productos agrícolas y por tanto la calidad de vida de los campesinos productores como de los consumidores urbanos, se ve afectada. Por otro, los repentinos cambios de temperatura afectan el hábitat en general de la población urbana y rural, trayendo como consecuencia la aparición de nuevas enfermedades infectocontagiosas y el deterioro de la vida social.
La situación socioambiental y socioeconómica en el territorio nacional se empeora, cuando el gobierno nacional presenta como problemas ambientales solamente los desastres naturales (que también son producto humano) y no la ejecución de sus mega proyectos mineros y energéticos, que son realmente el más grave problema socio ambiental de Colombia hoy, desviando la atención a que el verdadero problema es la minería ilegal.  Lógicamente el gobierno nacional es consciente de que la minería a cielo abierto, aunque legal es absolutamente nociva para los delicados ecosistemas donde se está desarrollando.
De esta forma, es plausible afirmar, de acuerdo con el sociólogo francés Pierre Bourdieu, que el debate aupado por el gobierno nacional sobre la ilegalidad de la minería es un “debate falsamente verdadero”, pues le hace creer a la ciudadanía que el verdadero problema de la explotación minera es su ilegalidad y, por tanto, hay que combatir la ilegalidad del oficio, cuando lo que está de fondo en este asunto es que la minería legal, en manos particulares, no contribuye al desarrollo de la nación y que los megaproyectos mineros y energéticos son mega problemas ambientales tan graves o peores como el fenómeno de la niña. Y frente a este contradictorio panorama del cambio climático, nos preguntamos ¿por qué no hay movilización ambiental en Colombia?
Por un lado, las comunidades que viven directamente en las zonas y/o territorios donde se desarrollan grandes proyectos mineros, hidroeléctricos o carboníferos, que afectan claramente los ecosistemas de cada zona, están resolviendo día a día sus precarias condiciones de vida, de forma que la acuciante cotidianidad no permite organizarse políticamente para movilizarse por causas ambientales, sumado a que, generalmente, son zonas de conflicto político, donde las comunidades están en medio del poder de los diversos grupos armados, y sus posibilidades de expresión con coaccionadas por tales grupos y por las propias multinacionales a partir de pírricas prebendas que se publicitan bajo el eufemismo de la responsabilidad social.
Por otro lado, quienes tienen más claridad intelectual frente al daño ambiental que parece irreversible e irreparable al que se avecina Colombia, no logran articular sus denuncias, investigaciones y reportajes a una gran movilización socioambiental. Son esfuerzos intelectuales aislados e individuales, cuya expresión ameritaría un pronunciamiento colectivo, de carácter académico con claros fines político-ambientales.
Así pues, otro de los efectos del cambio climático en Colombia son las profundas contradicciones socioambientales que no permiten identificar los verdaderos responsables de esta crisis.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

¿QUÉ REPRESENTA EL PROCURADOR ALEJANDRO ORDÓÑEZ MALDONADO?

Alejandro Ordóñez Maldonado, Procurador General de la Nación, quien ha sido reelegido en una terna de dos, que realmente fue de uno,  es un hombre de provincia santandereana, como él mismo lo indica, formado en derecho y filosofía desde una perspectiva conservadora, como él mismo también lo indica, que se retiró del seminario para formar un hogar con quien fuera su único amor y su soporte afectivo durante una hermosa convivencia que ha dado como fruto tres hijas, motivo por el cual el desmiente la posibilidad de ser tratado de misógino, ya que tiene cuatro amadas flores en casa, como lo expresara la mañana del 27 de noviembre de 2012 por Caracol Radio.
Al escuchar sus declaraciones sobre el papel que desempeña como Jefe máximo del Ministerio Público, instancia cuya una de sus funciones más importantes es velar e investigar que los  funcionarios públicos tengan una impoluta hoja de vida, varias inquietudes me asaltan. ¿Cómo es posible que el Procurador General de la Nación, comprometido con viejas prácticas clientelares, incluida la de su reelección, sea quien vigile a los otros funcionarios públicos para que no incurran en prácticas corruptas? ¿Acaso este cargo no debería estar bajo responsabilidad de la oposición política, si la hubiera, para que justamente se garantizara un mínimo de transparencia en el ejercicio público de los funcionarios del Estado y del actual gobierno?
La noticia de la reelección me deja pensando que a pesar de las innegables transformaciones que ha vivido la nación y el Estado colombiano desde la promulgación hace veinte años de la actual y reeditada Constitución Política, todavía no hemos tenido en nuestro país una transformación fundamental en el ámbito sociopolítico y sociocultural, de forma que constituyamos partidos y movimientos políticos que realmente difieran del bipartidismo que nos remonta al Frente Nacional. ¿Dónde estarán las fuerzas alternativas masivas que contrarresten el poder político de los partidos tradicionales, que con otros nombres y otros ropajes, siguen anclados y anquilosados en el Congreso de la República?
La reelección de Alejandro Ordóñez Maldonado puede ser un indicador de que la historia de las mentalidades en Colombia, aún transita en un camino farragoso hacia la modernidad, es decir, hacia la transformación de un pensamiento moderno, plural, diverso, incluyente y democrático.
Alejandro Ordóñez Maldonado refleja todavía un pensamiento regeneracionista propio de la Constitución colombiana de 1.886. Más de un siglo llevamos en Colombia con el poderío de una cierta forma de pensar que niega libertades y derechos a quien piense diferente. A pesar de que las mujeres, los indígenas, las comunidades afros, las llamadas comunidades Lgtbi, las diversas e innúmeras minorías de todo tipo, se expresen en las calles, lo cierto es que no se ha conquistado un espacio fundamental en la toma de decisiones, como es el Congreso de la República. Allí donde se toman las decisiones, allí donde se hacen las leyes, allí donde finalmente se orienta el destino de una nación, la mentalidad sigue siendo parroquial, provinciana, clientelista y pre-moderna. Así, es difícil caminar hacia un Estado y una sociedad más democrática. 

jueves, 22 de noviembre de 2012

HOMOFOBIA EN EL CONGRESO

La homosexualidad no es una patología, la homofobia sí. Que un senador conservador, elegido por voto popular, como Roberto Gerlein haya esgrimido sus desastrosas opiniones en el Congreso de la República tratando con apelativos ofensivos, discriminatorios y degradantes a un grupo humano merece el repudio nacional de un país que quiere caminar hacia la democracia y la paz.
Concepciones como las de este Senador sólo sirven para polarizar y desinformar a la ciudadanía desviando la discusión de fondo sobre la unión civil de parejas del mismo sexo y el reconocimiento pleno de sus derechos en igualdad de oportunidades.  De igual forma reviste una soterrada violencia simbólica y de género al osar despojar de la humanidad a un grupo humano.
Sólo habrá verdadera democracia en Colombia cuando los representantes del Estado reconozcan realmente la diversidad y la pluralidad de esta nación fundamentada en las bases constitucionales  y que personajes como Gerlein abiertamente desconoce. Mientras que el mundo camina en otra dirección: hacia el reconocimiento social y político de múltiples diversidades, Colombia, representada en su Congreso, camina hacia el ostracismo. Este tipo de manifestaciones expresan peligrosos niveles de machismo, misoginia y homofobia totalmente contradictorios con la construcción de Políticas Públicas de Género y de la Comunidad LGBTI e incita peligrosamente a distintas formas de violencia contra las mujeres y los homosexuales.
Es perentorio que en el Congreso de la República se reconozcan los derechos ciudadanos de todos y cada uno de los grupos sociales y humanos que conforman la nación, y cuando un representante del  Estado se sirve de su investidura pública para hacer este tipo de declaraciones, es nuestro deber ciudadano exigir su dimisión inmediata, pues no está cumpliendo con el papel para el cual fue elegido como servidor público.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

INDIGNACIÓN

La Buitrera, Cali, 21 de noviembre de 2012
¿Cómo explicarle a mi hija, de 3 años, que un policía mató al joven Clisman Túquerres? ¡Qué tiempos dan difíciles en los que te está tocando crecer!, atino a pensar. Resulta que aquí en la Buitrera, corregimiento al sur de Cali, el sábado 17 de noviembre un grupo de jóvenes departía alegremente en una cancha de fútbol, asistiendo al enfrentamiento deportivo de dos equipos femeninos. Un grupo de adolescentes, al parecer, molestó a unos policías que pasaban por el sector. Hay que señalar que la cancha de fútbol queda enseguida de la estación de policía. Según el Periódico El País, en su edición del 18 de noviembre, el policía se quitó la correa para castigar al menor indisciplinado e inclusive amenazó con llevarlo a la Estación de Policía. Frente a esta posibilidad el hermano mayor del adolescente entra a mediar la situación y a defender al hermanito.
En extrañas circunstancias el Policía pierde su pistola 9 milímetros y al recuperarla, apunta a la cabeza del joven y le dispara a quemarropa, hiriéndole de gravedad. (Periódico El País, 8/11/2012). Clisman Túquerres es llevado a una clínica cercana, e intervenido quirúrgicamente. Entre tanto, la comunidad enardecida quería linchar a los policías, por lo que fueron resguardados en la Estación. En la mañana del domingo 18 de noviembre los habitantes del corregimiento La Buitrera salieron a protestar por las calles de la localidad, para denunciar que el joven murió. Mientras tanto, debí enfrentarme a la perspicaz pregunta de mi hija: ¿Mami, entonces, al muchacho lo mataron porque estaba molestando?  ¿Cómo explicarle a mi hija el concepto de abuso de autoridad? ¿Cómo explicarle el concepto de civismo? Cuando a ella en su jardín infantil le están enseñando normas de tránsito, de convivencia y respeto por las autoridades. ¿Cómo explicarle ese respeto cuando las autoridades militares no respetan la vida de los civiles?
Los mensajes de los carteles usados en la manifestación son claros y contundentes: “si la policía que está para defendernos es la misma que nos ataca, entonces ¿quién nos debe defender?” “Queremos justicia” “No más policías asesinos”.  Este tipo de cosas no pueden pasar. Simplemente no pueden suceder. No son casos aislados, como pretenden presentarlos los comandantes o superiores de policía. Ni la muerte del joven Becerra, en Bogotá, sorprendido plasmando un graffiti en un puente, ni el maltrato con la reportera gráfica del periódico El Tiempo, también en Bogotá, ni este lamentable hecho donde el joven Túquerres perdió la vida por un disparo a quemarropa que le propinó un policía, son casos aislados. No lo son y no pueden volver a suceder.
Está en mora la Policía de emprender una profunda transformación al interior de la institución policial para educar ampliamente a sus agentes en el respeto absoluto por la vida. La naturaleza de la Policía está para proteger a la población civil. Bajo ninguna circunstancia un policía puede agredir de ninguna forma a un ciudadano desarmado, mucho menos, a menores de edad en las circunstancias como las descritas anteriormente. No sé cuál sea la formación que recibe la Policía hoy, no sé el énfasis que se les da a sus agentes sobre la importancia de los derechos humanos. No lo sé. Estos casos nos dicen todo lo contrario.

Este joven ultimado por un policía no era un delincuente, no estaba atacando la institución. Ni estaba en medio de una manifestación, ni hacía parte de ninguna organización criminal. Era un joven de una zona rural que estaba asistiendo a un partido de fútbol femenino y que quiso defender a su hermano, por el abuso de autoridad de un policía. ¿Cuál es el impacto que genera este hecho en los niños, niñas, jóvenes y comunidad en general del sector? Este indignante suceso de degradación humana, debemos denunciarlo con vehemencia para que cada vez más tanto la población civil como la policía tengan claro que la segunda está para cuidar la primera y no para atacarla. 
Es perentorio que organismos como la Defensoría del pueblo, Personería y la Procuraduría acompañen este reciente caso, para garantizar que haya verdad, justicia y reparación. Y que la Policía Nacional se comprometa públicamente con el país a revisar los procedimientos y protocolos de reclutamiento y permanencia de sus policiales. Homicidas como el que mató a Túquerres no pueden portar un uniforme y menos, un arma estatal.

lunes, 29 de octubre de 2012

¿CUESTION DE INDIVIDUOS O DE INSTITUCIONES?

Quiero referirme a dos casos de violencia física y simbólica contra las mujeres que generaron polémica durante la semana pasada en Colombia. El primero de ellos, el caso de la reportera gráfica Ana María García del periódico El Tiempo que fue neutralizada por un policía en Bogotá, cuando pretendía registrar con su cámara digital el accidente del Transmilenio donde este vehículo de transporte masivo se partió en dos.  Al pasar por el lugar, la reportera gráfica percibió la noticia perfecta para registrar y quiso tomar una foto a como diera lugar, el policía la toma por el brazo y le dice que ella no puede pasar al lugar de los hechos, ella le dice que la suelte y ahí empieza un forcejeo, donde por supuesto el policía con toda la fuerza y la técnica castrense doblegó a la reportera gráfica, haciendo gala de un desmedido uso de la fuerza y abuso  de autoridad. Un transeúnte registró en su cámara la foto que aparece adjunta.


Fuente foto: El Espectador.

Con la contundente imagen de abuso de autoridad el Director de la Policía procedió a presentarle disculpas a la reportera en nombre de la institución, argumentando que al policía se le seguirá el respectivo proceso disciplinario y que su actuar es una vergüenza para la Policía Nacional. Analizando el caso con mis estudiantes del curso “Las mujeres en la historia” en la Universidad Autónoma de Occidente-Cali, considerábamos que este es no es un caso aislado de abuso de autoridad, sino que, por el contrario, el comportamiento del policía se corresponde con una directriz institucional y con la exigencia de una cultura misógina que le dicta consciente o inconscientemente a los hombres normales cómo actuar. Es decir, el policía actúa de acuerdo con lo aprendido y exigido en la institución a la que pertenece. Este policía está formado para estar al acecho del enemigo, identificar posibles delincuentes y sobre todo no aceptar un posible irrespeto a la autoridad, mucho menos por parte de una mujer irreverente. El policía se comportó pues, como un hombre normal, que actúa sin pensar, condicionado por exigencias viriles y militares, él sigue los patrones estandarizados de una cultura machista y obedece la jerarquía militar, tal como le ha sido enseñado.

La actitud del policía es pues, un ejemplo más de una cultura machista, misógina e irrespetuosa del género femenino – no sólo de las mujeres- y además de una cultura institucional que exige a sus funcionarios lealtad con la institución, demostrando resultados y competencia,  jamás dando a entender atisbo alguno de debilidad. Un ejemplo más de lo que el sociólogo canadiense Michael Kaufman, llama “la contradicción de poder entre los hombres”. En el actuar de este policía confluyen varias situaciones: la normalidad de los hombres comunes, la virilidad irreflexiva y la práctica laboral automática.

El segundo y polémico, caso que puede calificarse de violencia simbólica contra las mujeres en Colombia, es la distribución y posterior confiscación de los llaveros distribuidos entre los soldados del ejército para promover la importancia de desactivar las minas antipersonales en Santa Rosa del sur, Bolívar. El llavero tiene en su centro la imagen de un par de piernas negras que desatan el sostén rojo de una mujer que está de espaldas, acompañado por el letrero: “Porque sus piernas sirven para algo más que caminar”. Con un claro contenido sexual, racial y de instrumentalización del cuerpo femenino, un funcionario de una Comisaría de Familia procedió a hacer la respectiva denuncia para impedir la distribución del polémico llavero. Afortunadamente alguien sensato tuvo a bien parar este desacierto, no obstante muchas preguntas se tejen alrededor.

Fuente foto: El Espectador.
¿Cuál es la naturaleza de este Estado colombiano, que si bien tiene funcionarios públicos sensatos como aquel que denunció la circulación del llavero, tiene otros que tienen la desfachatez de diseñarlo, producirlo y ponerlo a circular?

¿Cuál es el lugar que ocupa la mujer en el Estado Colombiano? Si hubiera claridad en el respeto absoluto que tanto hombres como mujeres merecen  y que en la propaganda tiene un fin social, que no puede abusar de imágenes con contenido sexual, ni discriminatorio, este tipo de cosas ni siquiera podrían ocurrir.

No es el caso de una agencia particular de publicidad que distribuye información masiva para promover un mercado privado, estos llaveros, aunque hayan sido posteriormente decomisados, son realizados con recursos públicos, concebidos por un publicista -cuya calidad conceptual no entro juzgar aquí- ha sido contratado por ese Estado que debería estar comprometido con el respeto absoluto de las mujeres y con la educación social, de forma que no hubiera lugar a equívocos de este tipo.



Estos dos casos de violencia física, el primero, y simbólica el segundo, no responden a un comportamiento individual, sino a una directriz institucional que dista  mucho de un proceso de civilización donde podamos construir una sociedad basada en el respeto absoluto del ser humano. Donde la mujer no tenga que andar defendiéndose de hombres que abusan de su fuerza física y, en este caso, jamás una mujer pensaría que tiene que defenderse de una institución que está para defenderla. Donde la imagen y el cuerpo de la mujer no sean, bajo ninguna circunstancia,  instrumentalizados con fines de mercado ni de ningún otro tipo. Pero si el Estado, que debería ser el garante de los derechos humanos, da ejemplo de todo lo contrario, el avance por el proceso civilizatorio se nos hace más difícil.
 

viernes, 26 de octubre de 2012

Retos para la participación política de las mujeres negras en Colombia

Foro: “Porque lo Personal es Político no más Violencia contra las Mujeres”.

Retos para la participación política de las mujeres negras en Colombia

Por Elizabeth Gómez Etayo, Socióloga, PhD en Ciencias Sociales
Buenaventura, miércoles 10 de octubre de 2012


Presentación
Tengan todas ustedes muy buenos días. Es un placer para mí estar en Buenaventura, tierra de mis afectos que me ha alojado en distintos momentos de mi vida y en la que he aprendido bastante del trabajo comunitario y de los procesos organizativos de las mujeres negras.
Me han pedido para este foro que me refiera al tema de la participación política de las mujeres, con énfasis en las mujeres negras. Para tratar el asunto me quiero referir a tres aspectos que considero fundamentales para que las mujeres negras incorporen en su proceso de participación política; el primero de ellos es la Historia, el segundo es la Cultura y el tercero es la Política.
Historia
Considero importante referirnos a una nueva historia; una historia donde se tenga en cuenta también a miles de invisibles que han hecho parte de ella pero que no han quedado registrados en los anaqueles históricos. Grandes historiadores han planteado ya, que las mujeres son las grandes ausentes de la historia, pues ellas no fueron tenidas en cuenta como protagonistas de grandes hazañas, sin embargo contribuyeron en tales gestas libertarias. En honor y justicia a tales procesos, los historiadores franceses Georges Duby y Michelle Perrot han dedicado varios tomos a la Historia de las Mujeres, partiendo desde la antigüedad, pasando por la edad media, hasta llegar a la mujer moderna. Por otra parte, Eric Hobsbawn, historiador inglés recientemente fallecido, llamó a la revolución cultural de las mujeres, como una revolución silenciosa que ha transformado la vida cotidiana del siglo XX sin lanzar una sola bala.
Efectivamente las mujeres han contribuido de manera fundamental en transformar la historia social, introduciendo cambios en la vida íntima, cotidiana y doméstica. Revolución cultural y silenciosa. 
Para nombrar una historiadora más, quiero referirme a Joan Scott, quien en su libro “Género e Historia”, considera que al ver la sociedad con las diferencias de género, es decir, con las relaciones sociales y de poder que se construyen entre hombres y mujeres, tal mirada trae cambios significativos de la sociedad, haciendo aportes fundamentales a la forma de escribir y contar la historia. Esa Historia, con H mayúscula, ya no es la historia del hombre, sino la Historia de cómo los seres humanos, hombres y mujeres, han contribuido a la vida social, económica, política y cultural de las sociedades.
No obstante, a pesar de esfuerzos significativos en el mundo académico, todavía existe una deuda pendiente con las mujeres que no se reconocen en las mujeres blancas, de clase media o burguesas. Las mujeres campesinas, indígenas, pobres y negras, no han estado debidamente reconocidas en la Historia.  
Así pues, considero necesario y de vital importancia que las mujeres negras  reconozcan su propia historia como pilar fundamental de la participación política. Es necesario saber de dónde venimos, cómo fueron los procesos de diáspora, dependencia y emancipación. Pero esa historia, no es por supuesto la historia oficial, es una nueva historia, es la historia que se recoge de algunos libros, pero también de la tradición oral y de la resignificación de procesos sociales y políticos.  Hablemos un poco de ellos.
¿Sabemos qué se conmemora el próximo viernes 12 de octubre? Nos educaron diciéndonos que celebramos el día del descubrimiento de América. De niñas nos disfrazaron de negras e indias y nos hacían ofrecerles oro a los reyes de España. Todavía existen algunas escuelas que reproducen ese esquema; esa forma de ver, estudiar y hacer la historia. Después nos dijeron que era el día de la raza, eufemismo que pretende presentar el encuentro de, por lo menos, tres mundos: el español, blanco y civilizado, con el africano y el indígena, inculto e incivilizado. Pueblos primarios a los que había que llevarles civilización, un orden social europeo, foráneo, blanco  e impropio. Desconociendo a todas luces, estos nuevos pueblos como comunidades autónomas. Tal Encuentro algunos críticos lo consideran realmente encontronazo.
Pues bien, debemos reconocer que ese lenguaje hay que cambiarlo. Ya algunos procesos sociales latinoamericanos han alzado sus voces desde 1992, año en que se conmemoraron los 500 años de América, para decir: “a nosotros no nos ha descubierto nadie” y no tenemos nada que celebrar,  pero sí mucho que conmemorar. Hacer memoria. De ahí deriva que para este próximo 12 de octubre se considere que realmente estamos conmemorando “El último día de libertad para los pueblos originarios” pues aquí vivían grandes civilizaciones que fueron usurpadas. Y de África se trajeron violentamente pueblos enteros desconociendo sus culturas y jerarquías. Los colores de piel fueron el pretexto para legitimar el abuso y la violencia contra pueblos enteros.
¿Cómo incide ese proceso de esclavización, violencia y usurpación del que fueron víctimas los pueblos afrodescendientes, hasta nuestros días? ¿Será que existe en la cotidianidad del pueblo afro huellas de ese pasado violento que condicionen su vida hoy en día?
Invito a las mujeres negras a que conozcan su historia y piensen en estos y otros interrogantes. Invito a las mujeres negras a que eduquen a sus hijos e hijas en una nueva historia. Invito a las mujeres negras a que cuestionen la educación tradicional que se brinda en las escuelas y colegios, donde se esté insistiendo en paradigmas de dependencia y sumisión, para que propongan nuevos cánones de reconocimiento de la historia y por tanto de la libertad.
Cuando las mujeres negras reconocen su propia historia, y no la historia oficial, empiezan a hacer conciencia de que han sido sujetos de doble discriminación: la discriminación por género y la discriminación racial. Podríamos agregar también que existe la discriminación por clase social. Así pues, mujeres negras y pobres tendrían una triple discriminación. Pero la transformación de esa realidad social no depende de que alguien externo, como yo, lo diga en una ponencia de media hora. Transformar esa realidad depende de iniciar un proceso consciente de valoración, interés y reconocimiento de la propia historia. No la historia aburrida que nos hacía dormir en las clases de ciencias sociales, para las que fueron a la escuela, sino la nueva historia, la que cuentan las abuelas, la que investigan también, intelectuales comprometidos con la libertad de los pueblos oprimidos. Esa historia hay que buscarla y que hay que construirla. Así pues, insisto en que uno de los pilares fundamentales para la participación política de las mujeres negras es conocer su propia historia, su nueva historia.
Cultura
Se tiene la tendencia a creer que cultura es todo. El concepto y la palabra cultura han caído, pues, en un lugar banal, superficial y pobre. Vamos a comprender en este foro que la cultura es todo aquello que transforma los estados del ser humano, de esta manera, son los seres humanos los que hacen la cultura. La cultura es construida socialmente. La tradición, es decir, la repetición de costumbres por generaciones, hacen creer que la cultura es algo normal, natural o que siempre ha sido así. El segundo aspecto que quiero resaltar entonces, es que la cultura es transformable porque es producto humano.
Entonces, cuando a ustedes les digan que “la pobreza es cultural, “el machismo es cultural”, “la violencia es cultural”, piensen: ¡que bueno! Porque quiere decir que podemos transformar tales situaciones, que no son naturales, que no brotaron de la tierra. Fíjense que cuando a distintos problemas sociales la gente responde: “es que eso es cultura”, parece como si estuvieran diciendo “no hay nada que hacer” y es justamente todo lo contrario. Todo lo que es cultural es producto humano, por  tanto es transformable. Si tuviéramos que hablar de una naturaleza humana, ella sería cultural.
En el caso de las mujeres negras, quiero referirme a un aspecto particular de la cultura y es sobre la representación social que se ha construido de la mujer negra. El estereotipo sociocultural de la mujer negra. ¿En qué consiste eso? Pensemos: ¿Cuál es el modelo de mujer negra que se tiene socialmente? Cuando se piensa en una mujer negra, ¿Cómo se refieren a ella? La mujer exótica, hermosa, cadenciosa, sexual, erótica, y otro tipo de apelativos que hacen referencia a su desempeño sexual. También como la mujer perezosa, abandonada y desordenada. Epítetos que son extensibles también a los hombres negros y que dan cuenta de un racismo soterrado. Pues bien, en el caso de las mujeres-negras, políticamente no se puede ni debe hacer una distinción de género y clase. Porque las dos formas de discriminación operan conjuntamente.
Ahora pensemos: ¿Cómo son alimentados esos estereotipos culturales por las propias mujeres negras? ¿A las mujeres negras les gusta ser reconocidas sólo como buenas sexualmente? ¿Contribuyen a esa minimización de su ser mujer? Dejemos esas preguntas quietas por un momento, pues no es fácil su decantación, demos un tiempo.
Quiero presentar algunas fotografías de mujeres que están rescatando modelos de mujeres negras, olvidados, desconocidos e invisibilizados. Se trata del concurso de peinados afro que se viene realizando hace varios años en Cali. Quienes realizan este concurso tienen un trasfondo político que se articula culturalmente a través de ciertas estéticas que se consideran de resistencia. Las mujeres afro son el nicho por excelencia de un nuevo mercado: el pretendido blanqueamiento de la mujer negra, a través de cosméticos, especialmente cremas alisadoras para el cabello, que escondidas tras el pretexto de la facilidad en el manejo y de la belleza blanca, quieren que las mujeres negras alisen a cualquier costo su cabello crespo, llamado “apretado” o “duro”. 
Miremos las siguientes fotografías y reconozcamos también la belleza, otra belleza en una estética invisible. Desconocida. Y pensemos si es posible reconstruir una nueva estética de la mujer negra, que contribuya culturalmente en procesos de empoderamiento y reconocimiento como mujeres negras. ¿Qué nos dicen esos peinados? ¿Qué historia traen desde la lejana y misteriosa África? ¿Qué representan? ¿De qué pueblos milenarios y culturas ancestrales nos hablan? Miremos.









 



Fotos de Jesús Humberto Jimenez Zamorano.

Esos peinados tienen una historia. Una razón de ser. Un pasado que, a fuerza de imposiciones estético-culturales, las mujeres negras han ido perdiendo. Creo que la transformación cultural de las mujeres negras, necesaria para su participación política, empieza por reconocer que existen estereotipos que no sólo son creados socialmente, sino que son alimentados desde adentro de las propias mujeres negras. Invito a que las mujeres negras sean dueñas de sus propios procesos culturales y ese proceso comienza por el cuerpo.
La mujer negra ha sido cooptada por el mercado e instrumentalizada por la publicidad. De la misma forma ocurre con las mujeres blancas, mucho menos con las indígenas. Pero si las mujeres negras quieren construir procesos políticos auténticos, autónomos, importantes, duraderos y fortalecidos desde las bases, es necesario e importante que vayan al interior de su propia historia y su propia cultura; un buen comienzo es pensar en cómo su cuerpo ha sido banalizado e instrumentalizado y cómo ellas mismas han contribuido a esa banalización.
Sé que esta propuesta puede resultar desconcertante, incómoda y hasta atrevida. Porque siempre estamos acostumbradas a ver los problemas y las talanqueras allá afuera y no bajo nuestra propia responsabilidad. Pero ya que tenemos la oportunidad de pensar en nuevos procesos, propongo mirar para adentro y empezar a transformar desde allí. Que la belleza blanca no sea el patrón de belleza negra, de acuerdo, pero que las mujeres negras no permitan ser objetos de mercado, que hagan consciencia de su cuerpo, de su belleza, de su estética y de cómo no alimentar los distintos estigmas que se tienen sobre la mujer negra.
Es legítimo, por supuesto, que las mujeres negras quieran parecerse a las blancas, legítimo en el plano íntimo y personal, pero si estamos queriendo abordar la participación política de las mujeres negras, debemos empezar por reconocer la diferencia, como también que ella, la diferencia, no puede ni debe ser soporte de desigualdad. La igualdad de derechos depende de reconocer la diferencia. Miremos más peinados que nos recrean esa nueva estética que propongo reconocer y valorar más en contrapeso de los objetos de mercado que cooptan hasta nuestro gusto.

Foto de Jesus Humberto Jimenez Zamorano


Foto de Jesus Humberto Jimenez Zamorano

Política
Finalmente quiero referirme a la política. Primero, abordemos el concepto a partir de la filósofa de la política Hannah Arendt, para quien la política persigue el bien común. La política nace entre los seres humanos. La política es colectiva. No existiría por tanto una acción política individual, sino que representa siempre una colectividad. Desde esa perspectiva, se puede considerar que, paradójicamente, las mujeres negras siempre han tenido participación política. Pues siempre han tenido prácticas comunitarias, es decir, colectivas, y han velado por el bien común. La paradoja consiste en que su participación comunitaria no ha sido reconocida ni valorada políticamente. De nuevo, han estado por fuera de procesos de representación.
Las mujeres negras tienen pues, experiencia ancestral del ejercicio político. Ese reconocimiento se articula con los aspectos señalados anteriormente, la historia y la cultura. Estas tres esferas, pues, historia, cultura y política, tienen una íntima relación para pensar en los procesos de participación política de las mujeres negras.
Si las mujeres negras han tenido esa experiencia, yo invitaría a que la conozcan, la reconozcan y la valoren positivamente, pues existe allí un gran valor agregado que antecede su actual participación. Pero, haciendo una gran salvedad: y es que las mujeres negras podrían ser el pivote de una nueva forma de hacer política en Colombia y en su región, si se diferencian en su práctica, de viejos vicios clientelares que han privilegiado los intereses de unos pocos, a costa del bien común.
Una nueva política en manos de mujeres negras, necesita que reconozcan como se ha confundido la práctica política, que en esencia busca el bien común, con la búsqueda del bien particular. La política de las mujeres negras no puede privilegiar intereses individuales. Yo invitaría a que las mujeres negras se preparen para participar políticamente reconociendo su historia y su cultura para actuar de una forma distinta a lo que tradicionalmente ha sido la política en Colombia: una práctica que privilegia intereses particulares. 
En Buenaventura y en la Costa Pacífica, como también en otras regiones de Colombia, la participación política de comunidades negras ha caído en vicios de clientelas que terminan justificando la estigmatización racial contra esta población. Es decir, cuando las comunidades negras van a la vida política y terminan actuando con las mismas prácticas cuestionadas de otros sectores, este tipo de prácticas se escudan en el vedado racismo, argumentando que los negros no tienen capacidad de gobierno y mucho menos de gobernanza. Esto obedece a que los grupos históricamente discriminados, como las mujeres y los negros, son más duramente juzgados cuando tienen actuación pública.
Se debe tener en cuenta, además, que la participación política es inherente a la vida pública, esto exige que se actúe siempre con transparencia, idoneidad y honestidad. Las mujeres negras tienen ahí un gran desafío. Pues ustedes, mucho más que yo, saben que en su región y en sus localidades, las prácticas políticas no han sido las más diáfanas. Esto no obedece solamente a diferencias de género, raza y/o clase social, sino a la existencia de un sistema político que invita a la corrupción y el despilfarro de bienes públicos, porque los recursos no han sido concebidos colectivamente, son para fines particulares.
Ese es otro aspecto fundamental para la participación política de las mujeres negras: conocer cómo funciona el Estado colombiano, conocer cuál es el sistema detrás de este Estado y cómo ha sido concebido la práctica política, para que reconozcan los errores, los vicios y las dificultades y se construyan en clara oposición contra todo aquello que vaya contra el interés colectivo. La participación política de las mujeres negras requiere, pues, una formación ética férrea, basada en sus prácticas ancestrales de colectividad.